En China hay mucha gente que trabaja a diario, los judíos tienen su día religioso de descanso, en España hay algunos ilustres que no trabajan nunca y yo aquí curro de lunes a viernes, como buen cristiano. Los sábados y los domingos, por tanto, no hay alarma ni despertador que me levante. Sin embargo, ninguno de mis días libres he conseguido disfrutar de mis almohadas japonesas más allá de las 10, porque hay tres sucesos que rompen mi sueño y que en mi urbanización ocurren invariablemente.Ya se inunde el país o llueva fuego, mi vecindad registra día tras día los tres mismos sonidos por la mañana. Del primero creo que ya he hablado: es una música con toques místicos y épicos -en un sentido opuesto a lo que haría Blind Guardian- al son de la que se mueve la legión de jubilados de mi barrio, mientras hace tai chi. Esto es agradable, porque entre semana me sirve para moverme hacia la ventana y desperezarme viéndoles buscar el Tao, y los findes me relaja y me transporta directamente hasta el siguiente sueño.
- ¿Qué es eso, yoga?
- Aumenta las posibilidades de embarazo.
El segundo ruido que se cuela hasta mi cama es más peliagudo. El jardín está lleno de gatos y un vecino del portal contiguo tiene un loro. Los gatos maúllan -menuda obviedad-, y el cabrón del loro lo intenta. Me temo que el pajarraco tiene los mismos problemas que yo con el chino y como se ha pasado tanto tiempo con la jaula al fresco, se ha cansado de repetir frasecitas y se dedica a copiar a los gatos con insistencia. Maldita la gracia que me hace despertarme con los alaridos del pollo: "¡mgrrrrrrrriaaaaaau!". Agradeceré que en lugar de latitas de aceite o sobres de jamón, las visitas traigan escopeta y cartuchos de postas. Quien aparezca por aquí, comprobará que no miento.
Ahora, lo que es jodido de verdad es despertarse con el tercer sonido. El malo final; la disciplina en la que Guybrush se convirtió en un maestro; el archienemigo del profesor de dibujo... El escupitajo.
- ¡Es una bomba de napalm humana!
No estoy de coña cuando digo que me despiertan los lapos. Esta gente se los prepara a conciencia. Puedes oírles en su casa, por la calle, en el metro o donde sea, intentando iniciar la combustión de un motor imposible: el de su propia garganta. Aumentan las revoluciones, lo paladean, hacen gargajos y, al fin, ¡al aire! Les da igual que pases a su lado, a lo mejor es una forma de marcar el territorio, pero aquello que haga que estos tipos se pasen todo el día escupiendo, mejor que esté fuera de sus organismos que dentro de ellos.
- No tío, no hagas eso... Tío, no lo hagas en la alfombra.
La verdad es que estas cosas hacen que les pierdas un poco el respeto. Ellos me pueden mirar como a un asesino si, al coger una tarjeta, no la sostengo con las dos manos y la miro un par de minutos infinitamente interesado, como si fuera un marciano plano, blanco y acartonado. Se puede hablar de diferencias culturales. Se puede alegar que los conceptos de higiene o limpieza no son los mismos para ellos que para nosotros -tampoco lo son para mí y para mi madre-. Se pueden decir muchísimas cosas, pero qué queréis que os diga: a mí me impacta ver que el señor de la mesa de al lado use una punta de los palillos para coger arroz y la otra para sacarse la cera de los oídos. ¿Bárbaro occidental?
- Al menos yo sé mear en mi sitio.
Ésa es otra. Éste es un país en el que no hay sanidad pública, no hay seguridad social y donde los gobiernos ofrecen pocas cosas gratuitas. Pero algo hay: los baños públicos. Tanto es así que muchos restaurantes y establecimientos no tienen servicio propio y si te entra la llamada de la selva, tienes que irte fuera.
- ¿Acaso no caga el Papa?
"En un agujero en la tierra vivía un hobbit[...]" y en un agujero en la tierra se desahogan los chinos. Vale, no es tan terrible como lo cuento. Es cierto, exagero, no es un agujero en la tierra. Es un agujero en el suelo de porcelanosa de una caseta que da a la tierra.
Hace menos de una semana fui a cenar a un local de comida xinjiangnesa. Xinjiang es una región noroccidental de China y tiene frontera con Mongolia, Rusia, Tajikistán, Kazajstán, Kirguistán, Afganistán, Pakistán e India. Ahí es na. Su comida es muy apreciada por aquí, porque al estar tan al oeste era paso obligado para las caravanas de la ruta de la seda y sus habitantes pillaban influencias de todas partes. Su atractivo y su problema es que han tenido acceso a todas las especias del mundo, las usan para cocinar, y la pitanza acaba siendo un cóctel explosivo. Como aquí no hay pan, para luchar contra el picante yo estaba venga a beber jarritas de zumo rojo que me traían las camareras. Jarrita tras jarrita, mi vejiga se llenó. ¡Mierda! -pensé yo, con un doble sentido-. Llegó la hora de ir al baño... ¿Habrá suerte? Esta vez me dieron buenas cartas y algún monje budista se había reencarnado en urinario moderno justo en ese restaurante, con lo que pude descargar a gusto.
Salió la J en el xinjiangnés. El river también juega.