
Después de esperar tres meses un visado, cambiar dos veces el billete de avión, chuparme todos los trámites para alquilar un piso en Pekín y deshacer los 33 kilos de equipaje y guardarlos en los armarios, he tenido que hacer las maletas a contrarreloj, comprar un billete de tren de 12 horas y mudarme de Pekín a Shanghai. ¿El problema? La burocracia; china y española. Al llegar a Shanghai, otra vez a buscar piso, a someterme a una entrevista para que una chica majísima haga un informe sobre mí y decida si me dan o no la tarjeta de prensa, registrarme en comisaría, hacerme un examen médico oficial y pasearme por el hospital en batín, pedir el permiso de residencia y alargar el visado hasta el año que me queda aquí. Podría echar mil pestes, pero la verdad es que estoy muy contento. Y ahora es cuando me pregunto:
- ¿Os creéis que estoy de coña? ¿Es que acaso soy el único que no se caga en las reglas?
En fin, seguro que hay mil motivos buenos para quejarse, pero los míos están muy lejos de serlos, y más aún cuando estoy rechazando casas por tener demasiados metros cuadrados como para vivir yo solo.
- ¿Me equivoco? ¡¿Me equivoco?!
Pues no pienso apuntarme ningún cero; más aún, "apúntame un ocho Nota". Creo que llevo las cosas lo suficientemente bien en una semana como para estar contento. Me dedico a negociar "en chino" con los agentes de alquiler de pisos, me he hecho tarjeta de móvil, consigo ir a cualquier sitio sin problema y superé el puerto de primera categoría que supone que se te rompa una maleta en mitad de la estación de tren de Pekín, aguantar con mis cincuenta kilos los treinta de equipaje a pulso y conseguir llegar al tren, cogerlo y hacerme colega de mis compañeros de vagón -excepto de un gordo hijo de la gran puta que parecía que llevaba las calderas de la locomotora en el esófago y no me dejó dormir más de 2 horas seguidas-.
Me dedico a llamar "maestro" a los taxistas, y se lo toman tan bien que de momento ninguno me ha intentado timar. He comido desde lo más pijo hasta lo más tirado pero, "¡eh, yo al menos sé mear en mi sitio!"
Como lección de una semana uno se queda con lo importante. Al final, cuando llegan las dificultades, lo mejor es poner cara de redneck, enfundarte una camisa de cuadros y una gorra de propaganda, mirar desde un camión de San Francisco a la tormenta de problemas a los ojos y decirle "hazme lo que quieras nena, no me enfadaré".